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Sócrates sobre el diálogo con Diotima

(Amor) Interpreta y transmite a los dioses las cosas humanas y a los hombres las cosas divinas, las súplicas y los sacrificios de los unos y las órdenes y las recompensas a los sacrificios de los otros (…) A través de él discurre el arte adivinatorio en su totalidad y el arte de los sacerdotes relativo a los sacrificios, a las iniciaciones, a los encantos, a la mántica toda y a la magia.

 Diotima .BANQUETE 202 E

En los tiempos antiguos, los pueblos primitivos creían que todos los tipos de perturbación mental se debían a una intervención sobrenatural y si el sentido que hoy damos a estar “un poco tocado” es el de loco, en la antigua Grecia este “toque” era sobrenatural.

“Nuestras mayores bendiciones nos vienen por medios de la locura a condición que nos sea dada por don divino”, dice Sócrates en el Fedro, y prosigue distinguiendo cuatro tipos de locura divina: la locura profética, cuyo dios patrono es Apolo, la locura teléstica, o ritual, cuyo patrono es Dionisos, la locura poética, inspirada por las Musas, y la locura erótica, inspirada por Afrodita y Eros.

De estos cuatro tipos de posesión divina, los dos primeros tenían como protagonistas a las sacerdotisas como elementos de unión entre lo divino y lo terreno;  estas mujeres, inspiradas o poseídas por la divinidad entraban en trance y hablaban a los mortales.

Platón hace a Apolo el patrón de la locura profética; el dios entraba en la profetisa y usaba los órganos vocales de ella como si fueran los suyos propios, por esta razón las declaraciones délficas de Apolo se expresaban siempre en primera persona y no en tercera.

Herodoto nos habla de la profetisa de Pátara, en Licia, lugar que se supone patria de Apolo, y nos explica que ésta era encerrada en el templo por la noche con vistas a una unión mística con el dios ya que la sacerdotisa era considerada a la vez como su médium y su esposa. EL ceremonial iba precedido por una serie de actos rituales antes de sentarse sobre el trípode: se bañaba y bebía de un manantial sagrado; establecía contacto con el dios mediante un árbol sagrado, el laurel, ya fuese cogiendo en su mano una rama de laurel, fumigándose a si misma con hojas de laurel quemadas, o masticando sus hojas.

EL ejemplo más claro que tenemos para ilustrar  el tipo de visiones que tenían estas sacerdotisas es el que nos da Plutarco de Casandra en el Agamenón, donde nos cuenta  que la profetisa se lanzó un día a la calle gritando que veía la ciudad llena de cadáveres y sangre. Este tipo de posesión suponía un peligro para la vida de la Pitia y  “Plutarco refiere el caso de una de las últimas Pitias que había entrado en trance de mala gana y en un estado de depresión, por ser los presagios desfavorables.  Desde el comienzo habló en una voz ronca, como angustiada, y pareció poseída por un espíritu mudo y maligno; finalmente se precipitó, lanzando gritos, hacia la puerta, y cayó al suelo; todos los presentes, incluso el Prophetes, huyeron despavoridos. Cuando volvieron para levantarla, había vuelto en sí: pero murió a los pocos días.”

Durante la edad media el culto a los antiguos dioses fue calificado de herejía y relegado a las clases populares; no es hasta la época del Renacimiento cuando de mano del filósofo Marsilio Ficino se recupera el estudio de los que se han llamado “Los Furores divinos”.

A lo largo de su vida tradujo a Platón, Plotino, Porfirio Jámblico, Psello, Proclo y un largo etcétera, pero la respuesta a los diferentes tipos de posesión divina, entre las que destaca la posesión de las Pitias, la encontró en el Fedro de Platón y tras su lectura del griego clásico y posterior traducción  escribió su comentario personal, del que entresacamos las citas que explican las posesiones de las sacerdotisas, aunque no haga referencia directa a ellas.

En su carta a Peregrino Alio sobre el ‘Furor divino‘, Marsilio Ficino define los dos furores de la manera siguiente:

 “Piensa (Platón) que una de ellas se refiere a los misterios y la otra a la que llaman profecía, a los sucesos futuros. Define el primer furor como una violenta excitación del ánimo en los hechos que pertenecen al culto de los dioses, a la religión, a la expiación y a las ceremonias sagradas. Al afecto de la mente que imita con falsedad a este furor, lo denomina superstición. Pero la última naturaleza del furor, en la que coloca la profecía, no piensa que sea sino un presagio inspirado por el soplo divino. A esta naturaleza la hemos denominado con un término más apropiado adivinación y profecía. Si el alma en esta misma adivinación se enciende con mayor viveza, la llama furor, cuando la mente, libre del cuerpo, es agitada por el divino instinto”.

 

baco bacchus DionisoLa experiencia dionisíaca es esencialmente colectiva o congregacional y la inducción al éxtasis viene dada, a diferencia de la experiencia apolínea, por el uso del vino y de la danza religiosa. La función de este ritual era catártica, siendo como una válvula de escape a los impulsos irracionales de aquellos que participaban en el ritual.

Para alcanzar la kátharsis era necesaria una danza “orgiástica” acompañada de una música que era tocada con flautas y tambores; al danzar las coribantes caían en una especie de trance que podía ir acompañado de perturbación mental cuyos síntomas físicos eran ataques de llanto y palpitaciones violentas del corazón.

Una descripción de lo que suponía este culto, esta posesión divina nos la ofrece la poetisa Mirtida de Antedón del siglo IV a. C.:

“Licenión Y Aglae me llevaron a vivir los misterios de Dionisos, en los bosques nunca hollados. Me dieron el tirso. A media noche oímos mugir al dios. ¡Qué alegría! Una gran simpatía empezó a fluir de los seres y las cosas; mi cuerpo se volvió ingrávido; y todo mi ser, caliente y húmedo. Una indecible sensación de continuidad inundó mi ánimo; perdí la noción de los espacios entre las cosas, y llegué a experimentar la conciencia del todo. Cuando caí en éxtasis, sentí que nunca podría morir; en mí había algo que se reía de la estúpida muerte”.

 

 

8
may

Jean Markale: la adquisición de la Awen

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La Awen sacerdotal de los vaticinadores es fruto de un peligroso viaje hacia un mundo mágico, un don que suele ser el botín rescatado de la guarida de una bruja o un mago. A pesar que existen diversas versiones del mito, Jean Markale nos muestra una extraña historia que cuenta Plinio el Viejo (Historia natural, XXIX, 52) y que debe ser interpretada como un viaje por el inframundo del que se extrae el conocimiento arcano.

En su Historia Natural Plinio nos habla de una especie de huevo muy conocido en las Galias. Durante el verano, innumerables serpientes que están enrolladas juntas, se unen en un abrazo armonioso formando el huevo de serpiente. Los druidas dicen el huevo es lanzado entre silbidos y que hay que recogerlo con un manto antes de que toque el suelo. En este momento, el raptor debe huir velozmente a caballo, puesto que le persiguen las serpientes, que solo se detendrán ante el límite de un río. Para el que escapa, llevar el huevo será un obstáculo añadido en la huída, pues este huevo flota contra la corriente, incluso si está enganchado a algo de oro.

En estas palabras de Plinio, Markale identifica elementos característicos de una verdadera epopeya iniciática en la que el héroe penetra en el otro mundo, en los ámbitos prohibidos al común de los mortales, un mundo concomitante al nuestro cuyas puertas de acceso son numerosas, a poco que se tenga el famoso don de la doble visión. Primero el héroe celta, y más tarde el caballero griálico, descubre en ese mundo maravillas indescriptibles, tesoros y secretos del Otro Mundo que sólo podrá traer consigo si huye sin volver la vista atrás, si consigue alcanzar el límite del mundo real antes de que sus perseguidores lo alcancen en su mundo.

Esta interpretación de la narración de Plinio se ve refrendada por la tradición popular oral, donde existe un tipo de cuento bastante extendido, en el que un joven se introduce en la morada de un mago o incluso del diablo, donde se convierte en criado. El joven aprende casualmente los secretos del mago, libera a una joven prisionera que le ayuda con sus consejos y huye con ella en un caballo más veloz que el viento, llevándose los secretos o los tesoros que allí había (el paralelismo nórdico de este pasaje lo podemos encontrar en la huída de Sigmundo y Siglinda de su esposo Hunding). Evidentemente, el mago los persigue pero, cuando han logrado atravesar un río, se ve obligado a darse por vencido y dejarles marchar al otro lado del espejo, en este caso el mundo de los humanos.

Markale nos ofrece una segunda comparación con las leyendas referidas a vouivres, es decir, mujeres-serpiente, como Melusina, esas mujeres mágicas que acuden a beber a las fuentes aisladas de los bosques. En los cuentos populares, su descripción es fantástica: tiene el cuerpo a menudo recubierto de fuego, uno de sus ojos es un rubí u otra piedra preciosa, o bien ocultan en la cola, además, una piedra mágica que da la invisibilidad, la riqueza o el conocimiento. Y se cuenta que en el momento en que beben en la fuente, depositan dicha piedra en el borde: es el momento, para todo audaz que se respete, de precipitarse, coger la piedra y huir lo más deprisa posible. Y pobres de quienes se dejen atrapar por la vouivre.

La versión nórdica es algo diferente, pero únicamente en el final de la historia: “Se dice que tres de las valquirias, Olrun, Alvit y Svanhvit, estaban jugando en una ocasión en las aguas, cuando los tres hermanos Egil, Slagfinn y Völund, o Wayland el herrero, se aparecieron de repente ante ellas y, cogiendo sus plumajes de cisne, los jóvenes las obligaron a permanecer en la Tierra y a convertirse en sus esposas. Las valquirias así retenidas permanecieron con sus esposos durante nueve años, pero al finalizar ese período, recuperando sus plumajes, o rompiendo el hechizo de alguna otra manera, lograron escapar”.

28
mar

La Awen y los tres grados de iniciación celta

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El señor me dará la dulce Awen como si desde el caldero de Ceridwen”

Llywarch ap Llywelyn, poeta del siglo XII

 

La cita que da entrada a este apartado recoge la tradición de la Awen, la llamada iniciación bárdica. Este sustantivo femenino, Awen, ha sido traducido como ‘inspiración’‘musa’‘genio’, e incluso como ‘frenesí poético’. La palabra en sí se forma por la combinación de dos palabras, aw, que significa ‘fluidoflujo’, y en, que significa ‘principio vivoserespíritu,esencial’. Así que se puede traducir como ‘esencia fluida’ o ‘espíritu que fluye’.

La iniciación bárdica de la Awen aparece en el mito de las manos de Ceridwen ‘la regenta de los bardos’. La versión de la leyenda en la que aparece registrada es la del cuento de Chwedl Taliesín, manuscrito del s. XVI que contiene material mucho más antiguo, probablemente incluso del siglo IX.

La leyenda dice así:

Ceridwen,  vive en mitad del lago Bala, en Powys (País de Gales), junto a su marido, Tegid Moel (‘hermoso calvo’) y sus tres hijos: Morfran (‘cormorán’); Creirwy (‘huevo de cristal’), la más bella doncella del mundo; y Afagddu (‘total oscuridad’), el menos favorecido de los hombres. Para compensarle su tremenda fealdad, Ceridwen decide hacerle sabio preparándole un brebaje mágico en su caldero de inspiración (es decir, la Awen). El brebaje debe prepararse a lo largo de todo un año y un día, y Ceridwen pone a dos personas a cuidarlo mientras ella sale a recoger hierbas: un ciego llamado Morda (‘buen mar’ o ‘gran bien’), y un niño llamado Gwion Bach (‘pequeño inocente’). Durante el último día, tres gotas del líquido del caldero le salpican, quemándole el dedo. Lo mete en la boca y al instante gana los tres dones de la inspiración poética, la profecía, y el poder cambiar de forma a voluntad.

Con su don de la profecía, Gwion sabe que Ceridwen intentará matarle por haber probado lo que estaba destinado a su hijo, así que usa su don de cambiar de forma para huir en forma de liebre. Ceridwen le persigue en forma de galga, así que él se convierte en pez. Ella se convierte, a su vez, en nutria. El se hace pájaro, ella, halcón. El se convierte en un grano más de trigo entre los del suelo del molino, ella, sin embargo, convertida ya en gallina negra, le engulle.

Después de nueve meses, Gwion vuelve a nacer del vientre de Ceridwen, quien no puede contemplar su asesinato ‘debido a su gran belleza’, así que le ata dentro de una bolsa de cuero y le lanza al mar en la víspera de Mayo. El primer día de Mayo por la mañana, la bolsa es descubierta en un apostal de pesca, y abierta. La primera persona en contemplar al hermoso bebé dentro de la bolsa dice ‘”Mirad, una frente radiante!”. Y es así que el niño recibe el nombre de Taliesín, que en galés significa ‘frente radiante’. Taliesín, a pesar de tener tan tierna edad, es capaz de improvisar unos versos perfectos por virtud de la Awen recibida del caldero de Ceridwen. Más tarde logrará la fama como jefe de los Bardos de Gran Bretaña.

 

Cuando el protagonista del cuento, Gwion Bach, se mete el dedo en la boca, al instante gana los tres dones, el de la inspiración poética, la profecía, y el poder cambiar de forma a voluntad. Las tres gotas del líquido del caldero se convierten en el primer escalón hacia los tres dones de los iniciados celtas.

Así, a lo largo de su viaje iniciático, Gwion encuentra tres recipientes transformadores: el caldero, el vientre, y la bolsa de cuero de la cual finalmente sale como Taliesín. Los tres recipientes representan a una serie de iniciaciones a los tres grados de bardo, vate y druida. La bebida del caldero abre la mente del bardo al don de la Awen, la estancia en el vientre de la diosa da al vate sabiduría para entenderlo, la prueba de ser abandonado al mar dentro de la bolsa de cuero capacita al druida para poder conquistar el último miedo, el de la muerte. Por tanto, los dones concedidos a Taliesín por las gotas mágicas del caldero equivalen a los tres grados de inspiración poética (invocación a las musas) para los bardos, la profecía para los vates, y cambiar de forma para los druidas.

Estos tres grados son descritos por Jean Markale en su libro titulado El cristianismo celta, donde nos dice que la clase druídica incluía las siguientes tres categorías funcionales:

“El lo alto de la jerarquía se encontraban los druidas propiamente dichos: eran los verdaderos sacerdotes, celebraban el culto, impartían justicia, se entregaban a especulaciones filosóficas y teológicas y, por su conocimiento de de las ciencias de la naturaleza, practicaban la medicina. Una segunda categoría era la de los bardos, en primer lugar poetas de la corte, encargados de la alabanza y la reprobación, cronistas oficiales, cantores, árbitros en los conflictos privados, operadores de ese ritual mágico que es la sátira, el encantamiento, el geis irlandés. La tercera categoría es la de los vates, es decir, los adivinos; éstos practican la adivinación, el arte augural, la interpretación de la naturaleza, y son también los sacrificadores”.

 

El segundo regalo que concede el caldero es el de la profecía mediante la Awen, perteneciente a la tercera categoría de Markale; este tipo de profecía tal y como fue practicada es descrita por Giraldus Cambrensis en su Descripción de Gales, escrita hacia finales del siglo XII:

“Entre los Galeses hay ciertos individuos llamados Awenddion que se comportan como si estuvieran poseídos. Cuando les consultas acerca de algún problema, de inmediato se ponen en trance y pierden el control de sus facultades […] No contestan a la pregunta que uno les hace de manera lógica. Las palabras fluyen de sus bocas de manera incoherente y aparentemente sin sentido, pero aún así bien expresadas, y si escuchas atentamente a lo que dicen recibirás la solución a tu problema. Cuando vuelven en sí, no se acuerdan de nada de lo que hayan dicho mientras tanto […] Parecen recibir el don de la adivinación a través de visiones que ven en sueños. Algunos tienen la impresión que la miel o leche azucarada ha sido frotada en sus labios, otros dicen que una hoja de papel inscrita de palabras es apretada contra sus labios. Nada más salir de su trance y recuperarse de sus profecías, eso es lo que afirman que les ha pasado […]  Si se pregunta por qué intervención sobrenatural tales profecías se hacen posibles, no digo necesariamente que sea por brujería o por la intervención de espíritus malvados. Es cierto que el conocimiento de lo que trae el futuro se dice que es propiedad tan sólo de Dios, porque solamente él puede predecir el futuro por virtud de su omnisciencia, libremente dispensada desde arriba […] No debe de extrañar a nadie  si los que de repente reciben el espíritu de Dios como señal de gracia del cielo parecen durante una temporada haber perdido el uso de su razón.”

 

En la tradición de los bardos irlandeses, el equivalente más cercano a la Awen es Dan, o Dana, un término que tiene varios significados relacionados, incluyendo ‘un don, tesoro, don espiritual u ofrenda’, ‘arte, ciencia, vocación‘, ‘el arte de la poesía‘, ‘poema’ o ‘canción.’

En Irlanda, el término Aos Dana (literalmente ‘la gente del arte’) denominaba a cualquiera que practicaba las artes bárdicas. Sin embargo, la diosa más asociada con el orden de bardos en Irlanda es Brighid, cuyo nombre significa ‘Doncella,’ o ‘Mujer Bella,’, aunque también se puede interpretar como ‘el Poder del Destino’.

Brighid o Brigantia la exaltada es la diosa de los profetas entre los celtas, y fue asociada por los romanos a Minerva, ya que ambas son diosas de la sabiduría y de la inspiración. Brigid es también la diosa de la sanación, estableciendo un vínculo entre profetas y chamanes, ya que sanar es una de las funciones del chamán.

Pero esta realidad mitológica que acabamos de describir se correspondía a una Irlanda precristiana, ya que los druidas poseedores del Dan habían degenerado mucho antes de la llegada de san Patricio, y según parece, ya no eran más que magos. Este hecho favoreció la aparición de una cuarta categoría, la de los fili, que a modo ‘druidas de transición’, recuperaron a la vez el conocimiento de los druidas y las funciones de los bardos, al haber sido éstos despreciados en época muy temprana.

En la época de san Patricio, estos fili eran todopoderosos, y el acierto de Patricio y sus sucesores fue concluir una verdadera alianza con ellos contra los druidas y los adivinos. Estos fili se convirtieron en su mayor parte y constituyeron el esqueleto de la nueva casta sacerdotal cristiana, llegando a ser incluso obispos.

 

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