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21
may

Jean Markale: la adquisición de la Awen (II)

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La recuperación de un objeto mágico de la cueva de un mago, o el robo de un objeto a una mujer mágica, abren paso a la iniciación del grado más alto en el sacerdocio celta, el de druida.

El antiguo céltico druwides, se descompone fácilmente en dos elementos: el primero es dru-, prefijo superlativo (que ha dado el adverbio francés très), y el segundo es –wid, de una raíz indoeuropea que ha dado el griego idein, ver y el latino videre, ver, saber. Literalmente los druidas son pues “muy videntes” o, sin ninguna contradicción, “muy sabios”.

La imagen del druida en lo alto de un roble se ha convertido en un lugar común sin justificación etimológica directa. Pero no obstante existe una relación muy sutil entre el druida y el árbol. En todas las lenguas célticas, las palabras que hacen referencia a la ciencia y las palabras que hacen referencia al bosque provienen de la misma raíz indoeuropea: así, el galo vidu, “bosque”, cuyos derivados son coed en galés y koad en bretón-armoricano (koed en dialecto de Vannes), está estrechamente ligado a la raíz que ha dado el videre latino y el idein griego y, por consiguiente, al nombre mismo de los druidas, druwides.

Jean Markale atestigua que esta ambigüedad vuelve a parecer en otras lenguas indoeuropeas, especialmente en el alemán antiguo, a propósito de Wotan-Odín. Los mitólogos alemanes ven en este nombre la raíz wut, que significa “furor sagrado”, atributo que encaja con el carácter atribuido al Odín de las sagas nórdicas, quien se convierte voluntariamente en tuerto y permanece colgado de los pies de una rama del árbol para adquirir el don de la doble visión. Además, la raíz germánica wut presenta una extraña analogía con la palabra inglesa wood, “bosque”. Wotan-Odhin es el dios del saber, el dios-mago por excelencia, lo cual nos lleva a pensar en el personaje de la mitología galesa, igualmente sabio y mago, que se llama Gwyddion, hijo de la diosa Don. El nombre Gwyddion, aunque nos remita a la raíz céltica gwid, que significa “ciencia”, también puede proceder de la raíz del vidu galo.

Junto a Wotan y Gwyddion, existe un tercer personaje que comparte sus atributos. Se trata del famoso mago Merlín, cuya leyenda escrita a partir del siglo XII nos lo muestra como un chamán, hijo de un diablo, más concretamente de un demonio íncubo, y de una jovencita piadosa. Según Jean Markale, Merlín es un ser doble, a la vez diabólico y angélico, producto de dos fuerzas antagónicas, contradictorias. Merlín  es el hijo del Bien y el Mal, hijo de las Tinieblas y de la Luz, y su santuario es el bosque sagrado de los druidas donde, tras haber difundido su palabra en el mundo, se retira en compañía del ermitaño Blaise, a quien dicta sus pensamientos. Ahora bien, el ermitaño Blaise lleva un nombre que desvela su verdadera naturaleza: Blaise no es sino la transcripción francesa de la palabra bretona bleiz (bleidd en galés), que significa ‘lobo’.

En muchos escritos, Merlín se presenta como el señor de los animales salvajes, capaz de mandarlos así como de comprenderlos, y algunas versiones lo muestran incluso en compañía de un lobo gris. Merlín es pues, el druida-chamán que restituye una Edad de Oro en la que los animales y los seres humanos hablaban el mismo lenguaje y donde todo el mundo tenía conciencia de la fraternidad universal de los seres y de las cosas en un universo donde no se conocía dicotomía alguna.

Jean Markale asimila al iniciado druídico con el caballero medieval que se apodera del Grial; en ambos casos, el iniciado que lleva el secreto al país de los vivos, responde al tipo del héroe de luz, de origen prometeico, al misionero que viene a despertar a quienes se dormían en la sombra, faltos de esta luz divina indispensable para la vida. Esto constituye un crimen para los del Otro Mundo, quienes quieren esa luz para sí mismos. Así pues, persiguen al iniciado, pero no pueden cruzar determinados límites.

Es esta especie de sympatheia junto al don de la doble visión, la que según Jean Markale convierte al druida en mediador entre lo visible y lo invisible y en señor del Tiempo y la profecía. Según él, el druida “posee la memoria del centro absoluto, en el corazón del útero materno, cuyos secretos conoce y, sobre todo, puede remontarse en el tiempo sin esfuerzo, o abolir el tiempo, y seguir la espiral del Juego de la Oca, o de la búsqueda, para alcanzar el origen.

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El Árbol y el Bosque: significados y símbolos dentro del mundo indoeuropeo

 

En el corazón de los Cárpatos se alzan las montañas Bucegi, donde una esfinge y tres enormes altares tallados en la roca presiden la cima de la mítica montaña Kogaion, lugar de culto desde que el hombre prehistórico presenció por primera vez aquellas maravillas, obra de la naturaleza o de los propios dioses.

Esfinge de los Cárpatos

Hiperbórea, la tierra ‘más allá del viento del norte’, aparece en la mitología griega como el límite del mundo conocido, hasta donde sólo los dioses olímpicos podían llegar. La historiografía rumana ha localizado algunas de las referencias a la Hiperbórea de los textos mitológicos griegos en las montañas Bucegi, y en especial en la montaña Kogaion, axis mundi donde Atlas sujeta la esfera del mundo, y lugar donde Hefesto encadenó a Prometeo hasta que Hércules rescató al titán a cambio de su sabiduría.

La razón de su legendaria fama se debe a que la montaña Kogaion fue hasta el s. II el centro de un arcano culto de guerreros que giraba en torno a Zalmoxis, una antigua divinidad tracia que se remonta al primer milenio antes de nuestra era. Sus sacerdotes hacían sacrificios humanos lanzando a sus víctimas contra haces de lanzas, y eran capaces de despertar el poder del dragón que moraba en las entrañas de la montaña, un poder que transformaba a los guerreros dacios en hombres lobo.

Una de las referencias que enlazan el culto de Zalmoxis con los antiguos godos aparece en la obra Origen y hechos de los Godos del ostrogodo Jordanes, quien el año 551 publicó su escrito basándose en la obra hoy perdida Libri XII De Rebus Gestis Gothorum, escrita por Casiodoro por encargo del rey Teodorico el Grande.

Babele. Montañas Bucegi (2200 m.)

En el capítulo V de la obra de Jordanes titulado ‘Descripción de Escitia y de sus pueblos’, podemos leer lo siguiente:

“Estos pueblos de los que estamos hablando, tenían, como sabemos, a Filimer como rey cuando habitaban en su primer asentamiento de Escitia junto a la zona pantanosa de la Meótida; en segundo lugar, es decir, en el territorio de Dacia, Tracia y Mesia, tuvieron a Zalmoxis, de quien atestiguan la mayor parte de los escritores de anales que fue un hombre de una admirable cultura filosófica. Tuvieron, pues, primero a Zeutas, también muy ilustrado, y luego a Deceneo, y en tercer lugar a Zalmoxis, como hemos dicho anteriormente. Y no les faltaron quienes les transmitieran la sabiduría. De ahí que los godos fueran siempre más sabios que todos los restantes bárbaros y casi semejantes a los griegos, como cuenta Dión, que compuso en griego sus Historias y Anales”.

La montaña Kogaion y el culto de los hombres lobo

Georges Dumezil sitúa el origen de los guerreros lobo en Irán, entorno al culto de Aesma Daeva, dios de la cólera, la furia y venganza. A Aesma Daeva, quien según el mito posee los siete poderes capaces de destruir la raza humana, se le representa sujetando una lanza y montado en la espalda de un dragón, al igual que el dios griego Saturno.

Durante el primer milenio antes de nuestra era la técnica de los guerreros lobo llegó a la Dacia, al territorio que conforma la actual Rumanía. El uso de esta antigua técnica guerrera en la zona del mar Negro queda constatada en la mitología con la aparición de las amazonas y posteriormente las bacantes dionisíacas. En ambos casos los mitos hablan de mujeres guerreras dotadas de una fuerza extraordinaria y en cuyos rituales se incluían danzas extáticas y el consumo de enteógenos como la amanita muscaria, el cuerpo de Dioniso con el que comulgaban sus seguidoras.

Cuando Trajano llegó al reino de la Dacia a principios del siglo segundo, se encontró con una evolución del ritual los hombres lobo en la que los sacerdotes de Zalmoxis eran los encargados de llevar a los guerreros al trance extático, transformándolos así en guerreros-bestia dotados insensibilidad al dolor y de una fuerza descomunal.

Cima del monte Omul (2505 m.). Roca de Prometeo y la cabeza del águila.

Zalmoxis, un esclavo de Pitágoras según Herodoto, dio inicio a un sacerdocio que gobernó la Dacia junto a una monarquía electiva hasta la conquista romana (106). El lugar más sagrado de los sacerdotes dacios era el monte Kogaion, ya que en esa misma montaña Zalmoxis se hizo enterrar en lo profundo de la tierra durante tres años (la cueva Ialomita de más de un kilómetro y medio de largo que atraviesa la montaña sagrada). Tras aquel retiro Zalmoxis llegó al conocimiento de la inmortalidad, que mostró a los tracios convirtiéndose así en su dios.

Como parte de su culto, los sacerdotes dacios llevaban a cabo el ritual de las lanzas, que según registra Herodoto se celebraba cada cuatro años, cuando el mejor de los guerreros dacios era enviado a Zalmoxis, siendo sacrificado a su divinidad clavado en tres lanzas.

Quince siglos más tarde, los invasores turcos avanzaron desde el Danubio sobre las tierras de la antigua Dacia, donde se encontraron con el señor de aquella montaña, Vlad Tepes, quien resucitó un antiguo culto sangriento de sus ancestros dando origen al mito del conde Drácula.

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