Archive for the ‘Visigodos’ Category

5
ene

La Epifanía de los Reyes Magos Ásatrú

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Epifanía” es una palabra que deriva del griego (ἐπιφάνεια) y que significa manifestación. El cristianismo reconoce tres epifanías, siendo la más famosa la epifanía de los Reyes Magos celebrada el 6 de enero.

Sin embargo, la epifanía de los magos no es original del cristianimo, sino que la podemos encontrar en otros cultos de Oriente Medio varios siglos antes del nacimiento de Jesús. Sobre la epifanía de los Reyes Magos, las fuentes cristianas son tan pobres que únicamente en el evangelio atribuído a Mateo podemos leer algo al respecto: ‘que unos magos de Oriente siguieron una estrella hasta Jerusalén y adoraron al Niño Jesús’. En realidad, la Biblia no habla de su número ni tampoco de sus nombres, y lo que ha llegado a nuestros días ha sido fruto de la tradición posterior.

Las menciones más antiguas de esta festividad que se asemejan de alguna manera a la Epifanía celebrada en la actualidad, aparecen después de las reformas de Constantino el Grande, considerado el treceavo apóstol del cristianismo. Para hacer más fácil que los romanos se convertiesen al cristianismo sin abandonar sus festividades, en el año 350 el obispo de Roma Julio I (quien todavía no detentaba el título de Papa, pues no se había inventado) pidió que el nacimiento de Cristo fuera celebrado el 25 de diciembre, haciéndolo coincidir con el festival del Dies Natalis Solis Invicti que se celebraba entre el 22 y el 25 de diciembre.

Sol Invictus (“sol invicto”) o en forma completa, ‘Deus Sol Invictus’, era el título religioso aplicado al dios Mitra, cuyo nacimiento se celebraba desde hacía siglos en esa misma fecha. Son muchas las similitudes entre en nacimiento de Jesús y el de Mitra, ya que ambos estaban destinados a fundar relegiones, ambos nacieron en una cueva durante el solsticio de invierno,  y fueron adorados por los mismos individuos, pastores y magos. En el caso del nacimiento del dios Mitra la adoración de los magos tiene sentido en tanto que los sacerdotes del zoroastrismo eran los magi (nombre del que derivan nuestros términos ‘mago’ y ‘mágico’), sacerdotes persas altamente instruidos en astronomía y astrología, que además de cumplir con sus funciones religiosas interpretaban sueños y estudiaban los enigmas cósmicos, y a quienes se atribuían poderes ocultos y la capacidad de efectuar hechizos.

Volviendo el tema que nos atañe, y como se ha mencionado más arriba, durante esta etapa de afianzamiento de la reforma constantiniana del cristianismo, además de suplantar fechas religiosas de otros cultos,  se reemplazó la simbología pagana, pero usando los mismos protagonistas, como podemos observar en el obelisco de Teodosio del hipódromo de la actual Istanbul.

En el pedestal, esculpido en el año 390, vemos al emperador Teodosio con sus dos hijos, Arcadio y Honorio, que recibe los tributos que le ofrecen los bárbaros (con pieles ) y los persas (con sus mitras y sus trajes típicos). Esta epifanía, una de las representaciones más antiguas de los Reyes Magos, tiene como protagonistas a los visigodos, y más concretamente a su casta de sacerdotes-reyes, los tarabostesei.

El obelisco egipcio de Tutmosis III, reutilizado por Teodosio en su hipódromo, fue en su origen un elemento mágico utilizado por los egipcios para proteger a el templo de Karnak. No casualmente, el obelisco fue levantado sobre la espina del hipódromo, ya que originalmente ésta estaba cargada de simbología solar (las cuadrigas de las carreras representaban el eterno danzar de los astros alrededor del Sol), y el en pedestal que lo sustenta vemos como se repite la acción de la epifanía de adoración, en este caso al emperador Teodosio.

En el pedestal, Teodosio y sus hijos suplantan la figura del dios adorado repitiendo la representación de la epifanía mitraica, una escena inspirada, en parte, en una  visita diplomática del séquito del rey visigodo Atanarico, quien se encontró con el emperador Teodosio en la capital del Imperio para pactar una paz tras la batalla de Adrianópolis (378).

Se trata de un pedestal propagandístico en el que aparece el estereotipo de los bárbaros incivilizados vestidos con pieles. Sin embargo, se trata de un error intencionado al servicio de la propaganda imperial, ya que dicha escena nunca sucedió de esa manera. Más bien al contrario, la embajada goda entró en Constantinopla después de haber aniquilado el ejército romano del emperador Valente, y su sucesor Teodosio, en lugar de recibir regalos o ser adorado como un dios, se esmeró en agasajar a los príncipes godos que pronto engrosarían las filas de sus ejércitos como mercenarios.

De igual forma los príncipes y sacerdotes de los godos no vestían con pieles como fueron representados en el pedestal del obelisco, sino  más bien vestían como sus homónimos persas. Dos cientos años más más tarde, ya en el siglo VI, en uno de los frisos de la Basílica de San Apolinar Nuovo en Rávena (Italia), podemos ver una de las más antiguas representaciones de los Reyes Magos que se conservan, datadas en el siglo VI.

El historiador de los godos Herwig Wolfram, explica que al final del tercer siglo empezó la monarquía Ostrogoda de los Amalos. Los rasgos de esta monarquía militar, además de los lanceros acorazados que luchaban a lomo de caballo, la práctica de la caza con halcones y el chamanismo, fue la adopción por parte del clan real de las vestiduras reales Sasánidas.

Los tres reyes magos godos de de la Basílica de San Apolinar Nuovo, visten a la manera de los tarabostesei mencionados por Jordanes, llevando la gorra ceremonial de fieltro de influencia persa y adoptada por las clases diregentes godas en las estepas de Escitia antes de entrar en los libros de historia romanos.

Fuentes:

Una Iconografía polémica: los Magos de Oriente 

Jordanes. Origen y gesta de los godos

29
feb

Hispania 589: el teatro de Bilbilis

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De Tarracona bajó por la costa hasta la ciudad de Dertosa, desde donde remontó el río Ebro hasta Caesaraugusta. Enclavada en un lugar estratégico en el valle del río, la ciudad era sede de un destacamento permanente de los ejércitos del rey que tenía como objetivo vigilar las comunicaciones a través de los Pirineos. Al otro lado estaba el reino de los francos, y aquella ciudad era el mejor baluarte para controlar los pasos de montaña. Estuvo allí casi dos semanas, durmiendo por el día en una taberna de los suburbios mientras por las noches animaba con música y canciones las fiestas privadas de los guerreros.

Cuando se percató de que los soldados habían ya gastado casi todo su dinero, dejó el valle del Ebro para dirigirse hacia el suroeste. Su siguiente destino era la ciudad de Bilbilis, situada en mitad de las montañas y conocida por sus caballos y armas, y en especial por su espléndido teatro. El más ilustre de sus hijos, el poeta romano Marcial, la había incluido en su obra Descripción de Hispania haciéndola así famosa en todo el orbe romano. Sin embargo, al llegar después de subir por aquellas montañas, el escaldo se dio cuenta de que había sido una idea nefasta y poco provechosa. La ciudad yacía casi abandonada, y apenas vivían entre sus viejos muros unos pocos criadores de caballos y algún que otro campesino libre. Cuando estaba a punto de entrar en la ciudad, uno de aquellos criadores le vio y se acercó a él. Era un hombre de unos cuarenta años que vestía una túnica marrón y llevaba muñequeras de cuero, y que, extrañado de que alguien se acercase por aquellos municipios, le preguntó por su destino.

—Hace tiempo leí una obra de Marcial, un paisano de Bilbilis, en la que se citaba su magnífico teatro; pensé que tal vez podría trabajar aquí algunos días.

—¿Marcial? —preguntó pensativo el criador—. No, no conozco a nadie con ese nombre por estas contradas. De cualquier manera, te diré que hace mucho que aquí ya no se celebran las ferias de ganado, y del teatro todavía queda algo en pie como podrás ver tú mismo.

—¿Algo en pie? —preguntó el escaldo, sorprendido.

—Últimamente vienen algunos comerciantes a llevarse el mármol de la ciudad, y el teatro es su mejor cantera.

«Algo en pie», se repitió mientras se dirigía expectante hacia donde le había indicado el hombre. Debía atravesar lo que quedaba del foro, donde algunos edificios habían sido reconvertidos en establos. Decidió dar un pequeño rodeo y subió al lugar de honor del ágora, el punto más alto de la ciudad y donde antaño se alzase un templo pagano del que ya solo quedaban las basas de mármol de las columnas. Desde allí, la vista sobre toda la urbe era inigualable y, detrás de un muro medio derruido, pudo vislumbrar una columna del teatro bilbilitano y toda la zona de las gradas que se extendía por la ladera siguiendo la pendiente natural de la montaña. Tomó una de las calles que salían del ágora y bajó hasta la puerta de acceso al teatro. Una vez allí, resopló temiendo lo que iba a encontrar.

Cuando atravesó el umbral, ante sus ojos apareció lo poco que quedaba del teatro. La pequeña escena sólo conservaba las tres puertas del primer piso flanqueadas por falsas columnas. De las cuatro columnas corintias del segundo piso ya sólo quedaba una en su sitio, la que había visto desde el templo. Dos columnas habían desaparecido y la cuarta yacía en el suelo de la orchestra hecha pedazos con su capitel deshojado. Se agachó, recogió un pedazo del capitel, levantó la mirada y lo lanzó con rabia hacia los respaldos de mármol de las últimas gradas. Solo allí, en la parte más alta de los graderíos, los asientos conservaban sus revestimientos. Las placas de mármol que cubrían los asientos más cercanos a la escena habían sido arrancadas y únicamente el asiento de honor de primera fila continuaba presidiendo el teatro; aquella mole de piedra caliza era el lugar destinado al sacerdote de Dionisos y pesaba demasiado para ser expoliada con facilidad.

MARTÍN BUENO, Manuel y SÁENZ PRECIADO, Juan Carlos: Bilbilis, Calatayud, Zaragoza, 2005

El teatro que había escuchado recitar a los rapsodas más famosos de las provincias de Hispania y de parte del Imperio era una completa ruina. Se sentó en el lugar de honor del teatro y observó a su alrededor, intentando imaginar cómo había sido quinientos años atrás, cuando el propio Marcial recitaba desde aquel escenario. Desengañado, lanzó un profundo suspiro. El espejismo que su imaginación había creado era bien distinto a la realidad. Allí no habría más espectadores, ni monedas, ni pan para las historias de un escaldo. Un desvío de dos días de viaje por las montañas solo había servido para ver las ruinas de lo que en un pasado no muy lejano había sido una afamada ciudad romana.

—¿Hacia dónde te diriges ahora, extranjero? —le preguntó el mismo criador de caballos al verle salir de la ciudad—. Ya te avisé sobre el teatro —añadió al verle apesadumbrado.

—A Recópolis, en la ribera del Tajo.

—Tu teatro, en parte, está ahora allí.

—¿A qué te refieres? —preguntó el escaldo, extrañado.

—El rey Leovigildo mandó construir Recópolis en honor a su hijo Recaredo. Todos sus edificios han aparecido de la nada en apenas treinta años, incluido un espléndido palacio de mármol.

—Sí, entiendo. Por ese motivo me dirijo allí —siguiendo el mármol que ahora revestía aquel palacio donde esperaba encontrar trabajo.

—En tres jornadas puedes llegar a Recópolis. Pero por favor, te lo ruego: acepta mi hospitalidad. Déjame invitarte a cenar. Puedes pasar la noche en una de las caballerizas y mañana retomar el camino hacia el sur.

Vista de la cavea del teatro de Bilbilis. (Foto: Roberto Lérida Lafarga 16/03/2008)

26
jun

La Saga de Gundulf el Godo

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Todo el reino se dirige a Toledo para asistir al concilio de la conversión de los godos al catolicismo, un acontecimiento histórico que va a cerrar una etapa de la historia de Hispania y devolverá la unidad a la Iglesia. Gundisulf, escaldo en busca de un gran señor al que asombrar y entretener con sus sagas, entrará en contacto con Alberico, obispo arriano y general de las jaurías de los guerreros lobo del rey visigodo.

Intrigado por las alusiones del escaldo a una vieja historia, Alberico conducirá a Gundisulf a las entrañas de los subterráneos de la ciudad, donde se encuentra el maravilloso tesoro de los visigodos. Allí, el escaldo le contará la saga de uno de sus antepasados que no sólo explica la presencia de los godos en Hispania, sino también la existencia del gran tesoro que están contemplando y los misterios del furor que puede hacer que los guerreros se conviertan en lobos durante la batalla.

La saga de Gundulf narra como un niño godo es enviado como rehén al palacio imperial de Constantinopla, donde queda al cuidado de los grandes eunucos de la corte. Encerrado durante años en una jaula oro el huésped imperial descubrirá en la cancillería la entrada al laberinto del conocimiento, donde aprenderá la filosofía y la sabiduría arcana, e irá descubriendo los misterios de una religión que se encuentra en retirada ante el nuevo poder de la fe cristiana. El joven godo deberá aprender a espiar y luchar para sobrevivir, y en su búsqueda de lo arcano, deberá enfrentarse a emperadores y príncipes de la Iglesia para hacerse con los míticos anillos del mago Apolonio de Tiana.

Con el avance de los hunos Gundulf deberá volver con los suyos para convertirse en juez de los godos junto a Alarico, y conducir a su pueblo a una nueva patria, luchando unas veces contra las legiones de Roma, y otras al servicio de emperadores y usurpadores.

Su viaje a partir de Adrianópolis estará lleno de obstáculos y para superarlos deberá adentrarse cada vez más en el laberinto del conocimiento antiguo. Presenciará la división del Imperio, la desaparición de los druidas y la destrucción de la biblioteca de Alejandría, y con el tiempo protagonizará el saqueo de Roma y guiará finalmente a los godos hasta la tierra prometida, su nueva Gotia en Hispania.